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  I.   Tierras y lugares de la ruta de Don Quijote
  II.  La ruta de Don Quijote, desde su pueblo a los Batanes
  III. La ruta de Don Quijote de los Batanes a Solana y regreso
  IV.  Tercera salida de Don Quijote
  V.   Viaje a la Ínsula Barataria
  VI.  El verdadero pueblo de Don Quijote: La Puebla de Almoradiel
  VII. Curiosidades
III. LA RUTA DE DON QUIJOTE. DESDE LOS BATANES HASTA SOLANA DEL PINO Y REGRESO A LA PUEBLA DE ALMORADIEL

Dejamos a Don Quijote y Sancho, en el capítulo anterior, en los batanes, en la margen derecha del río Guadiana. Ahora vamos a seguir con ellos hacia Solana del Pino, lugar en el que ya algunos autores han situado, aunque no con precisión, el episodio de la penitencia del héroe, sin duda por los datos que da Cervantes, los más concretos y precisos de todo el libro: «a ocho leguas de Almodóvar y a más de treinta de El Toboso»; pero casi seguro no fueron a reconocer el terreno.
Aquí surge una cuestión importante: Cervantes, gran viajero en su tiempo, que utilizó muchas veces las postas y galeras, da las distancias en leguas de posta, de 4 kilómetros de longitud y no en leguas de 20.000 pies, equivalentes a 5.572 kilómetros, que eran en su tiempo las empleadas por agrimensores y topógrafos. Yo recuerdo, que hace unos cincuenta años, en Segovia se decía «hay más de una legua» a una distancia de 4,5 kilómetros, y «hay casi tres leguas» a una distancia de unos 12 kilómetros. Esto se ha olvidado y, como los estudios serios de la ruta son recientes, por haberse agilizado las distancias con los modernos medios de transporte se han tomado en ellos, leguas de agrimensor y el punto así determinado sobre Sierra Morena, no se parece en nada al descrito por Cervantes, porque se da en un lugar desviado 13 kilómetros al Este y 50 kilómetros al Sur del verdadero; pero si se toman leguas de posta, se da en la mismísima Algaba, y allí está <asola la alta montaña entre otras muchas que la rodean» (Borros 1.312 m., Gotera 1.270, Rebollera 1.140, Manzanillo 1.060, Vera 1.071, Aguila 1.080, Rabanero 1.140 y otras) «,con su manso arroyuelo», su «prado tan verde y vicioso» y los «muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores». La Algaba es llamada hoy, por los indígenas, la Alcoba, y figura en algunos mapas de carreteras con el nombre de Algoba y que, indagando un poco, he encontrado que se llamó antes Algaba, palabra árabe que significa bosque, y que corresponde al lugar.
Yo sí he ido a Solana del Pino y he podido comprobar, una vez más, que Cervantes no inventaba la topografía que describe en su libro, sino que la conocía perfectamente porque la había recorrido. Y es lógico que así fuera, porque siendo suministrador de la Escuadra Invencible, en una época en que, por no haber cámaras frigoríficas, los ejércitos se alimentaban de vino, queso, cecina, frutos secos y galletas, no podía pasarle inadvertida una «central lechera» productora de quesos, tan importante como la de Solana, que estaba dentro de su zona de trabajo. Por tanto, en ella, se encontró con pastores.
La fisonomía de esta sierra es muy distinta de unos sitios a otros: desde el monte pelado, a la jungla y al bosque. Pocos españoles saben que en Sierra Morena hay muchos kilómetros cuadrados de auténtica jungla, compuesta por arbustos de 5 a 7 metros de altura, tan juntos que las ramas de cada uno se entrelazan con los que le rodean, formando así una barrera, absolutamente impenetrable, dentro de la cual jamás pisó el hombre ni penetró un rayo de sol hasta su suelo, como pude comprobar en cierta ocasión en que tuve que atravesarla, para lo que fue necesario un equipo de treinta hombres, dotados unos de hachas y hocinos, y otros, de largas horquillas de madera, con las que se pudiera lanzar las ramas y troncos de la corta, encima de las copas de los arbustos que quedaban a los lados de la trocha que íbamos abriendo, pues de otra forma no hubiéramos podido desembarazarnos de ellos.
La zona de Solana de] Pino fue siempre un punto de fácil penetración en la sierra, a pie y a caballo, como lo prueban los abundantes restos arqueológicos que hay en ella, que yo he visto, guiado por José Canales, amante de la arqueología, sordo-mudo, natural de este pueblo, que vive en él y que ha diseñado varios planos de situación de estos restos.
El Diccionario Geográfico de Malte-Brun, publicado en Madrid en 1832, dice de Solana del Pino: «Aldea de España, provincia de La Mancha, con casas diseminadas, sin orden ni formación de calles, tenerías y alfarerías. Población: 513 habitantes. Si en esta fecha era así, dos siglos y medio antes, cuando estuvo allí el escritor, no sería más que un lugar de pastores, lo que justifica el aislamiento que él describe.
He recorrido Sierra Morena, a pie y a caballo, por todos sus caminos y también, por otros itinerarios que no son caminos, a atraviesacampos y he rodado por sus carreteras y caminos carreteros en camión, en coches de turismo, en autobús y hasta de una manera poco usual hice un viaje de Puertollano a Andújar, en tiempos de restricciones de gasolina, pasando por Mestanza, Solana del Pino y la Virgen de la Cabeza, en el que fui instalado en un buen coche, con todo mi equipaje; pero este coche viajaba cargado sobre un camión, atado a éste con cuerdas, y los laterales de la caja del camión impedían abrir las puertas de mi turismo, por lo que tenía que entrar a ocupar mi cómodo asiento por las ventanillas.
He pasado después en uno de mis trabajos, cuarenta y ocho noches en tiendas de campaña de lona, en distintos puntos del mismísimo corazón de Sierra Morena, y tengo que recordar al lector, para darle idea de lo accidentado que es el relieve de estas sierras, aunque sus montañas no son muy elevadas, que en el Colegio de Primera Enseñanza, aprendimos todos a llamar a esta cordillera, Mariánica, debido este nombre a que desde tiempo inmemorial, hubo en ella bandidos que asaltaban a los caminantes y viajeros que pasaban por ella, y los romanos, cuando se instalaron en España, para acabar con esta plaga, nombraron un Pretor llamado Cayo Mario, al mando de una legión. Toda esta cordillera fue, así, jurisdicción de Mario, por lo que fue llamada Mariánica; pero este personaje romano no logró estirpar el bandolerismo. Mucho tiempo después, el ferrocarril, haciendo los viajes más seguros, y la Guardia Civil, con su eficacia, terminaron con él.
Pocas personas pueden decir que han naufragado en Sierra Morena; yo soy una de ellas. Varias veces navegué, a lo largo del pantano del Jándula, desde el extremo de su cola hasta la presa, en una diminuta harca de pesca, de fondo plano, sin quilla, acompañado del pescador propietario de la embarcación. En uno de estos viajes acuáticos, de unos 14 kilómetros de recorrido, se presentó de pronto, a mitad" del camino, una tormenta, que lanzó sobre nosotros un diluvio. La superficie del agua, tan serena alli siempre, convirtióse en un mar agitado. La barca hizo agua por la borda. Los navegantes achicamos agua con las manos y con un bote cuanto pudimos, y remamos con todas nuestras fuerzas, hacia la orilla. El aire nos empujaba siempre hacia el centro del pantano, y el nivel del agua, dentro del barquichuelo, rebasó los asientos, de manera que fuimos vestido y sentados dentro de un baño. Llevé conmigo in magnífica maleta de cuero, de color rojizo, cuando la abrí, todo lo que iba en ella, camisas, pañuelos, calcetines, dibujos, libros, etc., estaba empapado y de color maleta. Cuatro días después, volví a la sierra por el mismo camino y empleando los mismos medios de transporte, aunque en sentido inverso. Estuve ahora en los tiraderos del Jándula, que son tan accidentados como el conocido Paso de Despeñaperros, El Contadero, El Hoyo, Solanillo del Tamaral, Sierra Madrona y las zonas de sus alrededores. Si los autores de rutas de Don Quijote se hubieran ocupado de pisar así el terreno, en vez de inspirarse en amplias bibliografías, serían más verídicos sus escritos. Torres' Yagües señala, con acierto, a Solana del Pino, como lugar de las piruetas del héroe.
Bastante después de este episodio, en 1972, hice un viaje a Solana del Pino exclusivamente quijotesco. A la entrada de este pueblo vi rimeros de corcho
«entre dos peñas y entre muchos alcornoques» Paseé por su calle principal, con intención de preguntar a las personas que me parecieran más entera das, lo que supieran de la historia del pueblo. la puerta de una modesta tienda había sentado, u hombre con cara de inteligente. Era don Manuel Duque Sánchez, ex-alcalde de la localidad, que ha regido el Ayuntamiento durante seis años. Me dijo que la Iglesia fue construida en 1925-26 por el cura don Gregorio Bermejo López, que ahora era párroco en Campo de Criptana; antes se decía misa en un casita. Reconocemos las casas, ninguna está deformada, ni alabeados sus tejados; ninguna, nos parees tiene trescientos años de existencia. Solamente debe ser muy viejas unas chozas y unas corralizas situada en la fuerte ladera del Morrón del Aguila. Esta,, según creo, debieron ser de los pastores que hablaron con Don Quijote, únicos habitantes que había entonces en el lugar.
Solana fue un anejo de Mestanza hasta 1890 e que fue nombrada Villa. Un anciano nos dice que hubo antes otra iglesia que se derrumbó. Nadie en el pueblo sospecha su proximidad a la ruta, ni vieron por allí a persona alguna que nombrara El Quijote
Un día descubrí, por el «ABC», un nuevo estudiador de la ruta, Serrano Vicens, cuyo libro «Ruta y patria de Don Quijote», editado por la Diputación de Cuenca, no pude leer antes de hacer el viaje a Solana. En las librerías y bibliotecas de Madrid no lo había. Llamé por teléfono a la imprenta de la Diputación. Me contestó una voz femenina:
-¿ ...? -¿Don Quijote dice usted? No señor. Aquí ni somos tan finos. De todas formas voy a preguntar
-No saben nada-. Me voy a Cuenca y en ninguna librería conocen el libro. Me dirijo a la Diputación y el presidente está de viaje. Me recibe, amablemente, una secretaria. Alli sí hay ejemplares, pero no pueden facilitárse sin orden superior. Unos día después recibo un ejemplar, enviado gratuita y gentilmente por el presidente, y también, una carta de autor, al que visité en Valencia donde residía, y que se interesó por que me lo facilitasen. Es, sin duda el mejor estudio de la ruta hecho hasta 1966.
Antes de seguir adelante, quiero llamar la atención dél lector sobre algunos «detalles», de indudable importancia, para ser guiados por las páginas del Quijote:
1. El Quijote, como toda obra de arte verdadera, es un ente cerrado, en el que no sobra ni falta nada; absoluta y totalmente completa en sí misma, que termina exactamente en los límites de ritmo, espacio y tiempo que le dio su autor. Quizá por esto, en su lento construir de frases, coloquios y ambientes, suprimió nombres de pueblos y lugares, que hubieran llamado la atención hacia afuera, dando así motivo a la búsqueda de rutas y paisajes que, implícitamente, sí se señalan en el libro. Estrabón (siglo 1 a. de C.) escribió: « ... pero como yo huyo de fastidiar, con un género de escritura desagradable, no gusto de poner muchos nombres».
2. La fisonomía y el clima de La Mancha han variado mucho desde principios de] siglo xvii a hoy.
Veamos lo que nos dice el libro:
A la vuelta de su primera salida, que dura dos días, Don Quijote, en plena llanura de La Mancha, oye que «de la espesura de un bosque que allí estaban, salían unas voces ... », «... y a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado a otra, un muchacho ... ». Azotando al chico estaba también Juan Haldudo. Así es que a pocos pasos se ocultaban, por la vegetación, dos personas y una yegua. Hoy, en el mismo lugar, no puede ocultarse una persona, en muchos kilómetros a la redonda, aunque lo intente, sin ser descubierta al primer golpe de vista.
En su segunda salida, el primer día, tercero de sus andanzas, acompañado de Sancho, pasan la noche «entre unos árboles», también en plena llanura.
Al día siguiente, después de la batalla del vizcaíno, «se entró por un bosque que allí junto estaba», y del que aún quedan vestigios. Pasa la noche en una selva, con unos pastores, pues uno de estos dice: «Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, porque vea este señor huésped, que tenemos, que también por los montes y selvas hay quien sepa de música». El diccionario dice que selva es «terreno extenso, inculto y muy poblado de árboles».
Al otro día, asisten al entierro de Grisóstomo, «al pie de la peña donde está la fuente del alcornoques no está lejos «un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas»; «... vieron venir hacia ellos hasta seis pastores,... coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada uno un grueso bastón de acebo en la mano ... », « ... bajaban hasta veinte pastores .... ... coronados con guirnaldas que, a lo que después pareció, eran cual de tejo y cual de ciprés». «Entre seis de ellos traían unas andas, cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos»; « ... vieron cubierto de flores un cuerpo muerto ... ». Y Marcela dice en su discurso: « ... los árboles de estas montañas son mi compañía; las claras aguas de estos arroyos, mis espejos ... ». Después, entran por un bosque en el que andan «más de dos horas» buscando a Marcela, y vinieron así, « ... a parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo», dejando al jumento y a Rocinante, a sus anchuras, pacer de «la mucha yerba que allí había».
El cuarto día de su segunda salida, tienen la aventura de los rebaños en un sitio (Fuente del Fresno) donde siempre hubo pastos, agua y muchas ovejas. Hoy, según me informan en el pueblo, hay más de 35.000 cabezas.
Y siguen por un prado «colmado de verde y menuda yerba». Llueve. Aciertan a «entrar entre unos árboles altos» que eran castaños, que estaban y están todavía muchos de ellos, donde los batanes, en el río Guadiana.
El quinto día llueve cuando conquistan el yelmo de Mambrino e «hicieron noche entre dos peñas y entre muchos alcornoques».
El sexto día llegan al pie de una alta montaña. «Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores». Los pastores encuentran a Gardenio «metido en el hueco de un grueso y valiente alcornoques.
Como podéis comprobar por todo esto, en la ruta de Don Quijote por La Mancha, que nos cuenta el libro, no hay paisajes desérticos sino selvas, bosques, verdes praderas, flores, arroyos, corrientes de agua
capaces de mover batanes, y árboles y arbustos que Cervantes nombra puntualmente: adelfas, tejos, encinas, hayas, castaños, alcornoques, acebos, cipreses, etcétera. Y, hablando del cambio de aspecto de estas tierras, os voy a recordar otro cambio que algunos habréis olvidado y los más quedaréis sorprendidos por no haber tenido noticia de él, y es que la ruta de la segunda salida, en su mayor parte, está sobre la zona volcánica central de España. Nosotros hemos señalado en el mapa los trece volcanes más próximos a ella. En los cráteres de algunos de ellos existen hoy, y había en 1615, lagunas fáciles de visitar.
3. Nosotros, convencidos de que Cervantes se apoya, como Homero, en una realidad de clima, paisaje, distancias y orografía, no podemos, corno se hace en otras rutas, llevar a Don Quijote y Sancho atravesando cordilleras y recorriendo distancias de una manera más propia de un helicóptero que de un penco y un borrico. Vamos a dar por esto, seguidamente algunos sencillos datos que nos sirvan de término de comparación.
Rocinante es «de su suyo pasicorto y flemático» y Ginés no lo roba, «por ser prenda tan mala para empeñada corno para vendida».
Los naturales de distintos lugares de La Mancha me dicen que sus caballos pueden andar 50 kilómetros en un día, cargados con una persona; pero no 50 kilómetros diarios, en días consecutivos.
Dos veces en mi vida recorrí 52 kilómetros en un día con un caballo no dedicado a la agricultura, sino de monta, en la región de La Jara, acompañado por Félix el guarda, hombre acostumbrado, por su oficio, a mucho andar. Fuimos, sobre terreno entrellano, por sendas y caminos carreteros. Nunca montarnos los dos a la vez sobre el caballo. La carga con jinete, montura, merienda y agua, era de unos 87 kilogramos. Por la índole de nuestro trabajo, 9 kilómetros los hicimos los dos caballeros andando, así que, al final de la jornada, el caballo había andado 52 kilómetros; de éstos, 9 con 23 kilogramos de carga y 43 con 85 kilogramos y Félix y yo habíamos caminado a pie 30,5 kilómetros y a caballo, 21,5 kilómetros cada uno. Al final de la jornada. caballo y caballeros, estábamos lo bastante molidos para no poder repetir la hazaña al día siguiente.
Quevedo nos cuenta en la «Historia del gran tacaño», que Pablos, que es un muchacho estudiante, sin más bagaje que una espada y un sombrero, va de Alcalá de Henares a Segovia, pasando por Madrid, sobre una mula de alquiler, en tres jornadas. En la primera, anda unos 25 kilómetros; en la segunda, poco más de 50 y en la tercera, alrededor de 40.
Jenofonte, en la Anábasis o Retirada de los Diez Mil, para demostrar la resistencia de su preparado y escogido ejército, insiste en dar datos de sus marchas; así dice que recorrieron en tres etapas 20 parasangas (una parasanga = 5,25 km.); en dos etapas, 10 parasangas; en tres etapas, 22 parasangas; en cuatro etapas, 25 parasangas, etc.; pero duró la expedición un año y tres meses e hicieron 215 jornadas, lo que significa que tuvieron más días de descanso que de camino. En el total, la media por día de marcha sale a menos de 29 kilómetros.
Un ejemplo notable de la resistencia y fortaleza del. caballo criollo fue suministrado por los dos famosos ejemplares «mancha» y «Gato Cardal» que en 1925 iniciaron el viaje de Buenos Aires a Nueva York, guiados por el profesor Aimé Tschiffely, y conquistaron la prueba mundial de altura y distancia. El recorrido se hizo en 504 etapas, lo que da un término medio de 42,6 kilómetros por día. El viaje tuvo una duración de tres años, y, cuando lo iniciaron, «Mancha» y «Gato Cardal» tenían 14 y 15 años. Como en el dato anterior, fueron más los días de descanso que los de marcha.
No es necesario entrar en comparaciones prolijas. Basta dar con atención un vistazo a los anteriores datos para comprender que Rocinante no puede hacer una media diaria de más de 30 kilómetros.
4. Si la ruta que nosotros estudiamos no es la verdadera ¿no os parece demasiada casualidad que hayamos encontrado un itinerario que coincide exactamene en distancias, jornadas, vegetación, paisaje, fauna, ventas. batanes, tiempos, entradas y salidas en el camino real y forma de éste con lo que dice el Quijote y. además, sobre el terreno y sobre los caminos que Cervantes hubo de recorrer muchas veces?
Una vez expuestos estos «detalles», sigo con la ruta.
Cervantes no nós dice por dónde pasaron el Guadiana; pero no tiene duda de que lo pasaron por el puente que unía los batanes, del que quedan solamente restos de las pilas y que era igual al representado en el plano de la ruta. Este puente todavía existe y está situado a kilómetro y medio de los batanes, agua abajo del río.
Y digo que no tiene duda porque el mismo día que parten de este lugar llegan a Sierra Morena y no pueden haber dado la vuelta, en una jornada, por los Ojos del Guadiana ni por el mar, y los datos cervantinos con que contamos para situar el episodio del Yelmo de Mambrino dicen:
« ... quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes; mas habíales cobrado tal aborrecimiento Don Quijote por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y, así, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que habían llevado el día de antes. De allí, a poco, descubrió Don Quijote un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro... (el yelmo de Mambrino)». . « ... en aquel entorno había dos lugares, el uno tan pequeño (casas de Bienvenida, con cinco familias), que ni tenía botica ni barbero, y el otro (Las Casas), que estaba junto a él, sí; y, así, el barbero del mayor servía al menor ... »
Al ser atacado por Don Quijote, el barbero « ... comenzó a correr por aquel llano ... ».
« ... y bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cabeza a mirarlos ... ».
«con todo esto, volvieron al camino reál, y siguieron por él a la aventura ... ».
En estos párrafos, vemos cómo Cervantes sigue pegado al. terreno que conoce bien, y, aunque no describe, explícitamente su topografía, con lo que nos dice en ellos podemos juzgar:
Si hubieran torcido a la «izquierda mano» no les sería posible caminar por el fangal, con altos juncales que tapan, a veces, las reses que pacen allí, y que es producido por el brazo del Guadiana, y, además, sería obligado pasar por la puerta del batán de la margen izquierda y ellos siguieron «sin volver la cabeza a mirarlos».
Siguiendo de frente, tendrían que subir la peñascosa ladera de la montañuela que hay tras el batán, entonces con muy espesa vegetación, sin motivo para entrarse por ella.
Torciendo a la derecha se va, por una llana y verde pradera, bien aprovechada por ganado vacuno, al otro camino, como el que habían traído «el día de antes», al lado del «arroyo de los batanes» del que bebieron agua y que es el caz de desagüe del caudal que movía el batán de la margen izquierda.
Cervantes escribe batanes, en plural, y no batán, en singular, porque son dos. Próxima a éstos hay una finca llamada El Batán, con restos de uno, y una «Casa del Batán». Lo mismo ocurre en el arroyo Peralosa y en otros muchos puntos de España donde hubo un batán, incluso en Madrid, por lo que el plural es un dato importante.
En cuanto se toma el «otro camino» se está en el llano por el que corrió el barbero, bien definido, como puede verse en la ampliación del círculo A., por la curva 620, y que llega más allá de Ciudad Real, donde creo, vuelven al camino real. En él tienen la aventura de los galeotes que les hace internarse en la sierra, como es lógico, por los puertos naturales, Puertollano y el Puerto de Mestanza, en el que pasan la noche «entre dos peñas y entre muchos alcornoques». En este puerto no hay hoy más que una casilla de peones camineros.
De Puertollano, dice Alfredo Palmero en 1971: « ... villa conquistada por San Raimundo, que tomó el título de tal en 1578, por privilegio de Felipe 11 y que tenía hace un siglo, con nueve habitantes diseminados en caseríos, veinte en la aldea de Malop y ciento cincuenta en la del Villar, 2.997 almas».
El Diccionario Geográfico, en 1832, lo describe así: « ... Villa de España, en La Mancha, al pie septentrional de Sierra Morena, con barrerías, alfares y telares de blonda y encajes, aguas minerales y baño público. Población 4.897 habitantes». De sus minas no se dice nada.
De estas barrerías tengo yo un anafe o pequeño hogar para carbón de encina, de invención árabe, y comprado en 1964, en una cacharrería en la que se vendían, todavía normalmente, a las gentes del pueblo. El butano los extinguió.
Pasan Don Quijote y Sancho la fila de montañas (Rabanero, Morrón del Aguila, Terreros, Cabrero, Manzanillo, etc.) que es para los naturales del lugar la única y auténtica Sierra Morena, y llegan a La Algaba, en Solana del Pino, punto extremo de sus andanzas hacia el sur.
De regreso a Madrid, entré a tomar el aperitivo en un bonito bar de un pueblo de la ruta. Desde dentro vi llegar, a una mesa e la terraza, a dos «hippies» rubios, melenudos y barbudos, con sandalias y sin calcetines, pantalón vaquero y camisa de color sufrido. Son muchachotes de extraordinaria estatura, cargados con morrales de enormes tamaños. Se sientan y el camarero, que sabe por qué frecuento el pueblo, sale a atenderlos. Unos minutos después entra por el servicio y se dirige a mí.
-Don ?, que estos señores quieren conocer a Don Quijote.
Voy hacia ellos. Son yugoslavos. Hablan bien el castellano que han aprendido, me dicen, con un libro y practicándolo con los manchegos durante el mes que llevan en España. Estudian medicina en su país, están apurados porque el curso empezó hace dos días y están todavía aquí. Han venido a recorrer la «ruta», impresionados por la lectura de nuestro libro Para esto estudiaron castellano. ¡Don Quijote sigue caminando por el mundo!
Los protagonistas de la novela, y sus acompañantes, regresan a su pueblo, desde Solana del Pino hasta la Venta de Maritornes, por la misma ruta que trajeron, pero sin salirse del Camino Real en el Guadiana, sin pasar por los batanes. Hace catorce años descubrí que ésta era la auténtica Venta de Maritornes: la reconocí con cuidado y pude comprobar que casi todos los faldones de sus tejados vertían hacia dentro, quizás, pensé, para ser recogida la lluvia en algún aljibe, que no encontré, y que no había tenido ventanas al exterior. Cervantes dice: «Es pues el caso, que en toda la venta no había ventana que saliera al campo, ...». Si se observan con cuidado las fotografías que acompaño, puede apreciarse en ellas, que las puertas y ventanas de lo que ha sido reconstruido sobre lo antiguo, dan al interior de un recinto, con tapias nada bajas, probablemente por la necesidad de defenderse, en sitio tan aislado, del ataque de bandidos y salteadores, pues, como podemos leer en la tercera salida de Don Quijote, hasta en las proximidades de Barcelona los había. Así, la pared más alta de cada edificio se construía hacia él exterior. Las grietas o hendiduras, que se observan en el paredón, que aparece en una de las fotografías, no se deben a ventanas derruidas, sino a efectos de la erosión en las juntas del tapial de barro con que está construido. Desde la Venta de Maritornes (hoy La Serrana) hasta la Puebla de Almoradiel siguieron el Camino Real de Soria o Vereda de los Torteros, Tortesos o Tartesios, o Camino Real de Andalucía a Soria, que cruza los Montes de Toledo, entre Urda y Consuegra y Villarrubia de los Ojos, y atravesaron el camino de Consuegra a Villarrubia de los Ojos, por el que fue el cortejo que enterró a Grisóstomo, por lo que encuentran cabreros, y el cura dice a uno de ellos « ... ya yo sé, de experiencia, que los montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos», y pasaron el río Gigüela por el vado de Tajahierro, por el que pasaban los caminantes que iban de Toledo a Murcia y Valencia o, más probablemente, por el Molino del Zurrón, que dista un kilómetro del pueblo de Don Quijote. Entraron en el pueblo y pasaron por la plaza, por lo que se puede deducir que Don Quijote vivía al este del pueblo, o, quizá, más lógico, al sureste, puesto que partió hacia el sur «sin que nadie le viese» en la pritnera salida, y en la segunda «... una noche salieron del lugar sin que persona los viese. Esto parece indicar que no atravesaron el pueblo, y, « ... acertó Don Quijote a tomar la misma derrota, y camino que él había tomado en su primer viaje, que fue por el Campo de Montiel».
Como esto de «que fue por el Campo de Montiel» la derrota y camino que tomó Don Quijote en su primera y segunda salida, es una de las cuestiones más debatidas por los cervantistas y amigos de ahijarse su pueblo, voy a dar aquí un dato, que, a mi juicio, acaba con esta discusión, y ratifica mi afirmación de que el pueblo de los protagonistas es La Puebla de Almoradiel: este pueblo está a seis kilómetros de Quintanar de la Orden, y a la misma latitud que éste, y en las Relaciones de los Pueblos mandadas hacer por Felipe 11 en 1575, las autoridades de Quintanar de la Orden dicen que «en otro tiempo el término de este pueblo lindaba con el Campo de Montiel».

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