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  I.   Tierras y lugares de la ruta de Don Quijote
  II.  La ruta de Don Quijote, desde su pueblo a los Batanes
  III. La ruta de Don Quijote de los Batanes a Solana y regreso
  IV.  Tercera salida de Don Quijote
  V.   Viaje a la Ínsula Barataria
  VI.  El verdadero pueblo de Don Quijote: La Puebla de Almoradiel
  VII. Curiosidades
V. VIAJE A LA INSULA BARATARIA

Tengo la seguridad de que Alcalá de Ebro era la ínsula Barataria, pues no hay en muchos kilómetros a la redonda de Zaragoza, ni aún en todo el Ebro, al Oeste de esta ciudad, otro pueblo que sea, haya sido, o pueda ser una ínsula; sin embargo, disiento de que el Palacio de los Duques de El Quijote, sea el de los Duques de Villahermosa que radica en Pedrola. Este palacio fue reconstruido en el siglo XVI, y según dicen algunos entendidos, hubo otro más antiguo en el mismo pueblo, que hay quienes piensan podía ser el auténtico. No hay en el Palacio de Pedrola, ni en la residencia de los Duques de Villa- hermosa en Madrid, según me informa el administra- dor de los duques en el pueblo, que es persona seria, educada y simpática, ningún justificante que pueda aclarar algo referente a la estancia de Cervantes en este edificio, aunque, según he oído, se enseñará a algún turista, no sé por quién, hasta la silla en que decían acostumbraba Cervantes a sentarse para escribir.

La recomendación que el Príncipe de los Ingenios hace, de que, para escribir bien, se imite lo mejor posible lo natural en todo, sólo tiene que ser quebrantada por él mismo, obligadamente, al contarnos las jornadas o tiempo invertido en ir desde el pueblo de Don Quijote y Sancho a El Toboso, pues si nos dijera exactamente la verdad, que es media jornada, o unas seis o siete horas al paso lento de Rocinante y el rucio, daríamos con facilidad con el lugar que no quiso poner «puntualmente» para que todos los pue- blos de La Mancha «se disputaran por ahijársele»; sin embargo, en el deambular de nuestros protagonistas por las proximidades del Ebro, n¿ existe este motivo y Sancho dice, en el capítulo XIV, cuando encuentra a Ricote entre la ínsula Barataria y el Palacio de los Duques: «Dos leguas de aquí, y se llama la Insula Barataria», y en el LY se dice: «El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel día llegase al Castillo del Duque, puesto que llegó media legua del, ...» En el siglo xvi se medían las distancias en España, en pequeñas leguas, grandes leguas, leguas de posta y leguas de agrimensor, y Cervantes, gran viajero para su tiempo, estimaría las distancias en leguas de posta, como en otras ocasiones, que equivalen a 4 kilómetros de nuestro Sistema Métrico Decimal. Así, entre la Insula y el Castillo o Palacio del Duque, tendría que haber tres leguas o tres y media, equivalentes a 12 ó 14 kilómetros, aunque estas leguas no fueron medidas por agrimensor, sino estimadas por Cervantes.

Don Quijote y Sancho, que han estado en El Ebro en el meandro de la Huerta del Castellar o en la desembocadura del río Jalón, cuando se separan de es- tos ríos tuvieron que seguir el camino de Zaragoza, lo que es ir hacia el éste, donde se encontraron a la duquesa, quien le dice a Sancho: «... decir a vues- tro señor que venga mucho enhorabuena a servirse de mí y del duque, mi marido, en una casa de placer que aquí tenemos». Debieron de encontrarse, por estas razones, en el término de Torres de Berrellén o en el de La Joyosa. El nombre de Torres de Berrellén no creo se deba a las torres que pudiera tener la iglesia del pueblo, sino que parece recordar las torres de una fortaleza o castillo, pues castillo o palacio se denomina varias veces a la «casa de placer» de los duques en el contexto de la obra. ¿No existiría en este pueblo un castillo cuyas torres pudieron dar origen a su nombre actual de Torres de Berrellén?

Y ¿no sería este castillo el de los duques, por estar emplazado, justamente, a las distancias y orientación de lo que nos cuenta Cervantes?

En el capítulo XXX de la segunda parte, el duque dice: «Digo que venga el señor Caballero de los Leones a un castillo mío que está aquí cerca ... ». El edificio propiedad de los Duques de Villahermosa, que hay en Pedrola, no es, de ninguna manera, un castillo.

Si el castillo que cita el duque fuera el Palacio de Pedrola, Don Quijote y Sancho resultarían trasladados, hacia el Oeste, por arte de magia y en contra de la «verisimilitud» de Cervantes, 12 6 14 kilómetros, lo que no es admisible por la manera y el realismo con que está compuesta la obra.

De lo que llevo dicho, hasta aquí, en este capítulo, no afirmo nada, solamente expongo y comento unas razones por si alguien siguiera la investigación en esta parcela de la ruta.

En 1976 fui a Alcalá de Ebro. Por no haber alojamientos ni en este pueblo ni en Pedrola, tuve que ser huésped de una fonda en la localidad de Alagón. Recorrí el río, en unos cuantos kilómetros agua arriba y agua abajo, de la ínsula Barataria, con objeto de poder apreciar las posibles variaciones de su cauce. Consideré su topografía cuidadosamente, consulté las hojas del Instituto Geográfico, hice dibujos y planos sobre el terreno; uno de éstos hasta con altimetría aproximada, para ver la posibilidad de que, en tiempos pasados, fuera isla y el resultado de todos estos trabajos fue absolutamente nulo. Regresé a Madrid, ciudad en la que resido, contrariado y desesperanzado; pero, a pesar de mi fracaso, totalmente convencido de que, como Cervantes la llamaba ínsula, una ínsula tuvo que ser.

En un bonito artículo publicado en un diario de Madrid y fechado por su autor o autora en Alcubillas (Ciudad Real) en abril de 1972, se dice:

«-El Ebro rodea casi por completo a la población, razón por la que, se cree que Cervantes le dio el nombre de ínsula, y aunque hay quien opina que Barataria se debe a lo «barato» que le resultó a Sancho Panza el gobernarla .. »

Estos razonamientos para mí no son nada convincentes, como no lo fueron tampoco, ningunos otros de los llegados a mi conocimiento.

A finales del año 1982, pensando en la ínsula y en la justificación de este nombre, recordé que la palabra Alcalá significa, en árabe, el castillo o la fortaleza, y estas construcciones suelen estar rodeadas por un foso. La Enciclopedia Espasa dice que «Fortaleza es lugar fuerte cercado de murallas, baluartes, fosos y otras fortificaciones». ¿No habrá estado el castillo de Alcalá de Ebro, hoy casi totalmente desaparecido, protegido por un foso, que sería fácil de inundar y que uniría los puntos más próximos de la boca del meandro que casi circunda la población, dejando así, una porción de tierra rodeada de agua por todas partes? Para comprobar si esta suposición era acertada, en marzo de 1983 emprendí mi segundo viaje a la Insula Barataria, cargado con cámaras fotográficas, planos, martillo y azada de arqueólogo y una buena dosis de curiosidad, interés, voluntad y esperanza.

Cuando llego a Alcalá de Ebro, me sorprende el enorme muro que, sobre la bonita playa que había en el río, ha construido el Ministerio de Obras Públicas para defender la población de los efectos de la erosión y socavado producidos por el río. Pregunto a varias personas si, al arar la tierra o al hacer los cimientos de alguna casa nueva, se han encontrado, enterrados, restos de muros que pudieran ser del foso; pico con mi martillo en los sitios de más probable ubicación de la obra que busco, y no encuentro nada que me dé una pista.

En la solana, situada al lado del paramento del nuevo muro, hay seis hombres de avanzada edad. Converso con ellos y ¡Oh, maravilla! todos han visto, durante toda su ya larga vida, y todos los años, cuando crece el río, de marzo a junio, su pueblo convertido en una isla. (Ver plano D).

Mis informadores se llaman: Félix Barrios, de 78 años de edad; Antonio Iso, de 67; Felipe Lancina Sánchez, de 80; Timoteo García, de 64; José Castillo Matute, de 76 y Santos Gómez, de 65.

Uno de estos simpáticos alcalaínos me dice que lo doloroso es, cuando baja el río, ver salir el agua de las casas y correr río abajo. El año 1982 ha sido el primero en el que el pueblo no se convirtió en una isla, gracias al gran muro construido por Obras Públicas.

En este terreno la tierra es muy buena, el riego fácil y gratuito, los productos de la huerta buenísimos y baratos. ¿Sería esta condición de baratura la que hiciera que el autor de El Quijote le diera el nombre de Barataria?

La «imitación» y «virisimilitud» de Cervantes siguen siendo verdad.

* * *

El final de la Tercera Salida le expongo aquí por estar en el texto y eronológicamente después de los episodios del Ebro.

Doy por seguro que Cervantes, que hizo, sin duda, el viaje de Barcelona a Madrid o a Esquívias, vino desde el castillo de los Duques, en el que, parece ser, que estuvo, por el río Jalón arriba, pasando por Arcos de Jalón, Medinaceli, Sigüenza, Baides, y Gajanejos, pueblos éstos por los que pasaba el Camino Real a Guadalajara, Alcalá de Henares y Madrid. Hoy la carretera pasa por Medinaceli, Alcolea del Pinar, Algora y Gajanejos. Como la Vereda Real de Soria, que tantas veces me he visto obligado a mencionar, pasaba y pasa, porque todavía está viva y se puede circular por ella, en no pequeños trayectos, en coche por Sigüenza y Algora, y, al llegar a La Mancha, por Saelices, Pozorrubio, Villanueva de Alcardete y La Puebla de Almoradiel, pueblo este último, como ya he dicho, de Don Quijote, Cervantes les hizo seguir este itinerario hasta el cruce del camino de Horcajo de Santiago a Villanueva de Alcardete por la Vereda Real. Aquí se separaron Don Quijote y don Alvaro Tarfe. Don Alvaro siguió por la Cañada, Camino o Vereda Real de los Torteros, Tortesos o Tartesios, o Camino Real de Andalucía, pues dice a Don Quijote:

«-Yo, señor, voy a Granada, que es mi patria.» A Don Quijote, en cambio, le convenía seguir, hacia su aldea, por el camino más corto y directo, que era y es el de Horcajo de Santiago a Villanueva de Alcardete, y desde este lugar a su pueblo, pues había camino bueno, aunque tenía y tiene, pues se sigue utilizando, al llegar al Molino del Cervero, a 6 kilómetros de su patria chica, una fuerte y empinada cuesta, de un 8 o un 9 % de pendiente, al coronar la cual se descubre La Puebla de Almoradiel. El texto cervantino dice: «... subieron una cuesta arriba, desde la cual descubrieron su aldea, ...». Las fotografías que acompañan a este trabajo, informan, al lector o viajero, mejor que pueden hacerlo las palabras, por lo que a ellas los remito.

La venta en que pasaron la noche Don Quijote, Sancho y don Alvaro Tarfe, estaba, según dice Cervantes: «.... partiéronse de aquel lugar, y a obra de media legua se apartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de Don Quijote, y el otro el que había de llevar don Alvaro, ...».

Las ventas siempre se construyeron donde había agua o facilidad para obtenerla, porque, en ellas, había que guisar, fregar cacharros, lavar la ropa de los caminantes y de las camas, dar de beber a las caballerías, regar el patio, y hasta para lavarse las personas se necesitaba agua, aunque para esto se necesitaba poca.

Los restos o referencias de esta venta, que llamaré de don Alvaro, los he buscado yo con candil donde deberían estar, «a obra de media legua» de la bifurcación de caminos referida por Cervantes. En este sitio hay agua; a menos de 2 kilómetros al Este del emplazamiento que debió tener la venta, pasa el río Gigüela; y a una distancia aproximadamente igual, al Oeste, está el Pozo del Agua Dulce, llamado por los indígenas Pozo Dul, la Fuente del Nacimiento, el Pozo de don Benito, y el Pozo Oraz, que son muy antiguos. Hoy hay muchos más de reciente construcción.

Dificultan la búsqueda de las posibles huellas de la Venta, los montones de escombros y piedras retiradas de las tierras de labor que, sobre la superficie de lo que fue cañada de 00 varas, y a ambos lados de la misma, se han depositado, dejando un paso para carros y otros vehículos de sólo unos cinco metros de anchura.

Pregunto a toda persona que encuentro en aquellos campos y el único posible dato le obtengo de un hombre joven, de 35 ó 40 años, que, por ser el

mediodía, está comiendo, en compañía de otros dos mayores que él, sentados sobre unas piedras, que me dice:

-Sí, yo he oído decir a los viejos del pueblo (son de Pozorrubio), cuando era un chaval, que por aquí había unas casas, que las decían El Ventillo, en las que se quedaban, de noche, los que iban de camino. Yo no las he visto nunca.

Me ha sido imposible obtener más datos de la venta, y termino el estudio de la tercera salida exponiendo lo siguiente:

El camino que traían hacia su pueblo Don Quijote y Sancho, cuando «descubrieron su aldea» cruza, actualmente, la carretera de Madrid a Albacete, en el punto kilométrico 115 de esta carretera, que entonces no existía. La bajada de la cuesta empieza algo antes le este cruce y «con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo», dice El Quijote.

La primera vez que llegué a la Puebla de Almoradiel por este camino, quedé sorprendidísimo al encontrar, a la entrada del pueblo, los restos de dos eras y seis muchachos jugando en ellas. Esto fue en 1972; hoy hay edificaciones sobre el terreno que ocupaban las eras.

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